Los humanos son perversos y malvados. Ellos harán lo que sea necesario para asegurar su sobrevivencia. No importa lo aberrado de sus acciones, este la hará para mantenerse con vida, evitar el dolor y obtener el máximo placer. Esto no es bueno o malo, esto sólo es el instinto natural del animal humano.
Lo que hace perverso y malvado a los animales humanos es hasta los sórdidos extremos a los que está dispuesto a bajar por su propio placer y comodidad. El heroísmo y el sacrificio por otros es tan únicamente una anomalía para esa minoría de quienes han logrado convertirse en seres humanos.
Cuando Ector trata con los animales humanos siempre asume lo peor. El toma como verdaderos los estereotipos del padre maltratador, de la esposa infiel, el tío drogodependiente… o todas las permutaciones de todos los comportamientos y motivaciones perversas y malvadas en las cuales el animal humano pueda incurrir.
La gran excepción para Ector son los niños. Quienes actúan dentro de sus instintos animales y todavía no han sido contaminados por el germen del animal humano. Ellos son ni perversos o malvados, los niños simplemente son. Al ser voluntariosos son la expresión perfecta y pura del instinto del humano. Son la manifestación de un impulso sin mediación de explicación y racionalizaciones.
Por eso no debe sorprender que la mayoría de los animales humanos admiren y amen a los niños. Estos son el ideal de lo que ellos quieren ser.
Las constantes musas sobre la condición del animal humano, le ha brindado a Ector la terrible habilidad de predecir con gran exactitud la conducta del animal humano. Cuando se enfrentaba a cualquiera de esta especie, esta perspectiva pesimista, siempre le permitía estar un paso adelante en la confrontación. No se equivocaba, el animal humano siempre probaba como correcto a Ector.
Lo cual es triste, porque en el mundo de Ector, nuestro mundo, la maldad siempre triunfa. Los pobres nunca mejoran y los ricos se perpetúan. El crimen, la injusticia y las guerras son abundantes. Los jóvenes nobles y valientes mueran sin razón, las doncellas virtuosas no existen. El triunfo se logra, no por el esfuerzo o la dedicación, sino mediante la mentira y el fraude.
Ector reconocía esa realidad. El estaba consciente y preparado para enfrentar ese mundo, nuestro mundo. Más aun el sabia como desenvolverse en el. Ya había logrado la paz de saber que la bondad y decencia de espíritu no existía. Por lo cual él no le hacía daño a víctimas o a inocentes… esto eran tan sólo un mito.
La vida de Ector se fundamentaba en las mentiras. No porque el quisiera decir las mentiras o se las creyera. El simplemente reconocía cuales eran las mentiras que otros querían escuchar. Su fortuna se obtenía de hacer posibles los conflictos bélicos. No porque el amara las guerras, sino porque los que animales humanos querían reinar sobre otros y destruir a los que se subyugaran.
Ector era una de las personas más importantes de nuestro mundo. Había logrado el triunfo… Ector era feliz.
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