sábado, 15 de junio de 2013

Desprecio

La “Asamblea de Honores” era un gran premio de consolación.

A los estudiantes de la universidad le daban honores y le reconocían sus hazañas académicas y deportivas, y hasta le daban reconocimiento a los que decían hacer “música” o “arte”. Pero sólo a los de bachiller. A esos mocosos había que alentarlos para siguieran estudiando. Para que continuarán alimentado a la maquinaria de la universidad.

Esas ceremonias de graduación eran interminables letanías. Duraban horas sobre horas. Para qué, en un momento, un mero instante que sólo le importaba a un puñado de personas… Para que se pudieran tomar una foto con un falso diploma en mano y el Presidente de la Universidad o con su profesor favorito.

La verdad era que las ceremonias de graduaciones aburría a la mayoría de las personas que las tenían que soportar.

Sólo a los graduados les importaba. Ellos estaban celebrado un inconsecuente logro. En un país donde la educación se había convertido en un negocio, tener un título universitario no valía mucho. Excepto por lo miles de dólares que ahora debían a una agencia prestataria que vivía de los fondos de un gobierno.

Los estudiantes de programas graduados debían mucho más que los estudiantes de bachillerato. Sin embargo era política de la universidad no darle los mismos honores que a los mocosos. Se asumía que la excelencia era la norma en todo estudiante de post graduado. Además, ya ellos le habían dado a la universidad todo el dinero que le iban a dar. Ya no habría más costos de matrículas y cuotas especiales que exprimir de ellos. No había que alentarlos para que continuaran estudiando.

Por qué habría de honrar a los que hacen el trabajo te tenían que hacer. Se podrían preguntar decanos y directores, y hasta algunos pedantes profesores. Aun así, como premio de consolación se estableció una “Asamblea de Honores”. Donde se exaltaría a todos los estudiantes. Todos debían ser excelentes. Por lo cual tendrían que exaltar a todos por igual.

Aron despreciaba todos los que estaban en el salón de actos. No a todos, a la mayoría. Todos en alguna manera habían logrado la excelencia. O por lo menos lo que se consideraba excelencia entre ellos. Había personas que lograron algún título de maestría, otros lograron el codiciado doctorado.

Pero la verdad era que los estándares académicos habían bajado lo suficiente como para hacer de esos títulos insignificantes. Aron reconocía que se había comercializado la educación, un título académico valía muy poco.

Cualquiera podía obtener una maestría o un doctorado. Por demás está decir que un título de bachiller era más que barato y común. Sólo había que pagar una cuota o matricula y ya el titulo estaba casi asegurado.

La ceremonia era inconsecuente. Todos los que estaban allí eran inconsecuentes. En 100 años nadie sabría quiénes fueron. En 10 o 20 años ya nadie recordaría sus nombres, y sólo ellos recordarían ese momento. Por un momento la universidad les vendió un soplo de falsa gloria. Era más que suficiente para ellos. Todos los que estaban allí, estaban más que complacidos.

Era una ceremonia aburrida. Todos querían dar sus mensajes. Todos querían dar sus opiniones. Muchos querían expresar sus emociones.

Sentado al final del salón, Aron tomaba su vodka. En secreto. En vaso común. Que parecía que tomaba agua. Él esperó porque trajeran la comida al salón. Él sabía que el olor a vodka seria peculiar. Que lo delataría. Aunque estuviera al final del salón. El olor a comida serviría de gran mascara para su adicción.

Los aplausos eran vacíos. Eran los aplausos amables que se le da a otro con la esperanza que se le devolviera el favor cuando le tocara a ellos. Esos aplausos sirvieron como treta para que Aron pudiera servir su vodka.

Aron, los despreciaba a todos.

Él los miraba desde el final del salón. Tomando su vodka los despreciaba. Personas inconsecuentes. Cuantos de los que veía en esa “Asamblea de Honores” serian verdaderos grandes. Cuantos de los que han obtenido un título en ese día serian recodados en 100 años.

Todos son mediocres. Todos lo único que buscan es la adulación de ser doctores o de tener maestrías. Esa es su efímera meta. El aquí y ahora. Lo único que ellos quieren es ser alabados por lo poco que tienen. Por lo poco que han logrado.

Porque eso es suficiente para ellos. Ser reconocidos de manera momentánea, en privado, por un par de personas.

Aron los miraba con vodka en mano. Horrorizado tomaba su vodka como patético intento de acomodarse a ellos. De ser uno más. De ser uno de los que se complace con adquirir un título académico.

Él sabía que no podía expresar sus pensamientos. Sabía que no podía decir lo que sentía. Sabía que muchos se ofenderían. Que decir lo que ellos no querían escuchar sería un error. Él tenía que sonreír. Él tenía que saludar y posar para olvidables fotos. Recuerdos de una inconsecuente noche que debía ser olvidada.

En silencio, con secreta vodka en mano, Aron los desprecia.